
Lo que sucede en Zacatecas pone la piel de gallina y los pelos de punta. Aunque no sea un tema nuevo, no podemos acostumbrarnos a ver tanta inseguridad y muerte por doquier; no nos acostumbramos a vivir en la zozobra. Aquí no se trata de simpatizar con el régimen ni con la oposición, pues defender lo indefendible es tan absurdo como alegrarse por la violencia.
Debemos ser claros: Zacatecas sufre los estragos de décadas de corrupción, complicidad y pactos entre quienes debían velar por el pueblo y quienes aspiran a convertirlo en su granja de dinero y poder. Bajo esta lógica, no veo mayor diferencia entre los criminales de un bando y de otro: da igual si llevan placa y cargo público o si operan desde el bajo mundo.
Atender la corrupción es fundamental para devolver la tranquilidad a «la plaza», pues la paz no se negocia: se logra con determinación, estrategia y, sobre todo, honestidad. Los recientes hechos suicidas, los asesinatos y las amenazas directas al gobernador no deben alegrar a ningún buen ciudadano. Debemos comprender que esto no es un juego ni un hecho aislado; es el resultado concatenado de décadas de impunidad en las que los políticos se acusan mutuamente mientras se llenan los bolsillos a costa del miedo y del hedor a muerte.
Es mi opinión.
Por Fredy Barajas



